Presente de Detroit, ¿futuro de América?

Sesenta años de administración pública progre, en colaboración con voraces sindicatos de funcionarios públicos, daban lugar el pasado jueves al resultado inevitable: la mayor quiebra municipal de la historia norteamericana. “Es un paso difícil, pero la única opción viable para abordar un problema que lleva seis décadas gestándose”, decía el congresista Republicano Rick Snyder, que daba el visto bueno a la solicitud de concurso de acreedores presentada por el gestor de urgencia Kevyn D. Orr.

 Orr revelaba que la desproporcionada deuda municipal se situaría entre los 18.000 y los 20.000 millones de dólares. El portavoz Terence Tyson resumía la devastación de las cuentas de forma sucinta. “Es triste, pero se veía venir”, declaraba.

Realmente así es. La dura caída del municipio que antaño se conocía como “el arsenal de la democracia” es sobrecogedora, tanto en su alcance como en su duración. En 1960, Detroit tenía la renta per cápita más elevada del país. Hoy, en el año 2013, es el municipio más pobre de la nación, sitiado por la inevitable disfunción que conlleva una distinción tan nefasta.

La actual tasa de paro, que desde el año 2000 se ha triplicado, sigue duplicando la media nacional. La tasa de homicidios ha batido el récord de los últimos 40 años, convirtiendo a la ciudad en el barrio más peligroso de América. Más de 78.000 inmuebles han sido abandonados, y literalmente no hay compradores para unas casas que salen a la venta por un dólar. La población ha descendido de los 1,8 millones de 1950 hasta 700.000 en la actualidad -el 40% de los cuales son analfabetos-.

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