El rescate de Chipre resucita la división entre la periferia y el núcleo de la UE

La jugada de la canciller alemana, Angela Merkel, ha sido maestra. La crisis de Chipre le ha servido para demostrar, una vez más, quién manda en la zona euro y enviar un mensaje muy claro a sus ciudadanos: castigaremos a los países que no cumplan nuestras normas. Una vez más, la UE queda dividida en dos bloques: uno, en el que Alemania y los países proclives a la austeridad se imponen sobre aquellos susceptibles de recibir la ayuda europea para reflotar sus bancos. En el laboratorio chipriota, Merkel ha contado con la ayuda inefable del presidente del Eurogrupo, el holandés Jeroen Dijsselbloem, que ha pasado de ser un completo desconocido al centro de las iras de analistas y políticos de los países periféricos.

 

Hace nueve meses, cuando Chipre solicitó su rescate, nadie imaginaba que salvar a este minúsculo país estremecería los cimientos mismos del sistema bancario, justo cuando la crisis de confianza comenzaba a amainar. Sin embargo, el Gobierno alemán ha forzado una solución “singular” para Chipre, en la que accionistas, bonistas y grandes depositantes pagarán un alto precio por el rescate, que sólo es un anticipo de lo que quiere que se lleve a cabo en el horizonte 2018, o incluso antes, para toda la zona euro.
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